Cuando estás bajo estrés, tu cuerpo libera cortisol. Esa es la respuesta evolutiva que mantuvo a tus ancestros vivos ante amenazas agudas. El problema es el cortisol crónicamente elevado, el tipo que viene del estrés prolongado en el trabajo, en la vida personal o por la propia presión del adelgazamiento, que trabaja activamente contra la pérdida de peso. Y lo hace de formas que quizás no asocies con el estrés.
El cortisol elevado aumenta el hambre, reduce la saciedad, lleva al cuerpo a almacenar grasa en la región abdominal y descompone músculo, que es el tejido que más energía quema en reposo. Para alguien en tratamiento con GLP-1, esto significa que incluso con el apetito controlado por el péptido, el estrés puede estar saboteando los resultados por vías que el medicamento no alcanza.